Romanos
¿Qué ve el texto del centro?
Romanos se sitúa entre Génesis y Apocalipsis y ve a ambos. En el capítulo 5 Pablo mira atrás, hacia Adán: por un solo ser humano el tiro errado, hamartia, entra en el mundo. La ley interviene para que el tiro errado se muestre como tal, y crece más allá de toda medida. En el capítulo 7 se cuenta la misma trama desde dentro, por boca de un «yo» que quiere el bien y no lo alcanza, hasta el grito: ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? El giro de 8,1 no nace de un mejor rendimiento. Es un cambio de posición. En los capítulos 9–11 Pablo mira hacia delante, hacia la historia de los pueblos. Israel tropieza, el tropiezo abre el camino a las naciones y ningún pueblo queda fuera de la historia para siempre.
Acto I — La carta en el centro
1. La carta en el centro
En algún momento de la vida, muchas personas viven un instante en que su propia vida se lee de pronto como una historia. Puede llegar con un comentario, un fracaso o una tarde tranquila, y a menudo llega años después de los hechos que explica. Las escenas antiguas encajan una tras otra, y cada una parece ahora conducir a la siguiente. En ese mismo instante el camino que queda por delante muestra hacia dónde se dirigía desde siempre. Los hechos no han cambiado; ahora se sostienen entre sí, uno a causa del otro.
Antes de ese instante una vida puede recordarse y planificarse, pero todavía no tiene trama. Los recuerdos están uno junto a otro como fotografías en un cajón, y los planes apuntan hacia delante sin saber de dónde vienen. Después de ese instante, las fotografías forman una secuencia y los planes encuentran su dirección. La persona ha reconocido la forma que los hechos de su vida habían ido trazando desde siempre. Este ensayo lee un texto escrito después de un instante así, por alguien que había visto lo mismo suceder en la historia de la humanidad.
Hacia el año 57, Pablo escribió una larga carta a Roma, una ciudad que aún no había visitado. Sus lectores eran un grupo mixto: unos procedían de su propio pueblo, Israel, y otros de los muchos pueblos del imperio. Escribió para explicar por qué la historia que había contado por todas partes concernía a ambos grupos a la vez, aunque durante siglos habían vivido según reglas distintas. Ninguno de los dos, pensaba, podía oírla bien sin el otro. En sus otras cartas responde a las preguntas y disputas de comunidades concretas; aquí cuenta la historia entera, desde la primera página de la historia humana hasta la última.
La historia que cuenta la carta empieza con el primer ser humano, en el inicio mismo de la historia humana (5,12). Termina con un desvelamiento: lo que estuvo oculto durante largos siglos se muestra ahora a todos los pueblos, y la humanidad puede ver dónde se encuentra en su propia historia (16,25–26). Entre ese comienzo y ese final, Pablo sitúa a su propio pueblo, a los demás pueblos y a sí mismo, cada uno en un punto distinto de la misma línea. La carta está construida como se ve una vida después del instante del reconocimiento. Todo en ella se sostiene, cada parte a causa de otra, igual que las fotografías del cajón forman por fin una secuencia.
En este libro la carta se sitúa entre otros dos textos. Génesis contó el comienzo: cómo una persona entra en el lenguaje y empieza a errar el blanco sin verlo. El Apocalipsis se escribió unos cuarenta años después de la carta, y Pablo nunca lo conoció, pero lleva el mismo nombre que el final de esta carta, el Desvelamiento, y describe cómo un modo de vida construido sobre ese tiro errado se derrumba desde dentro. Romanos tiene que mostrar que el comienzo y la dirección pertenecen a una sola historia, y Pablo solo puede intentarlo porque escribe después de un reconocimiento propio. La pregunta de este ensayo es si ese reconocimiento ve el comienzo y la dirección que el final describe más tarde.
2. Adán
Cuando Pablo cuenta la historia humana en el capítulo 5, no empieza por su propio tiempo sino por el primer ser humano del Génesis. En hebreo el nombre Adán significa simplemente «ser humano», y así lo usa Pablo: como un nombre para todos nosotros. El ensayo anterior mostró lo que cuenta la historia de Adán: cómo los seres humanos llegaron al lenguaje y empezaron a ver el mundo, y a sí mismos, desde una pequeña distancia. Ocurrió una vez a la especie, hace mucho tiempo, y vuelve a ocurrir a cada niño que aprende a hablar. Pablo empieza su historia en ese umbral, donde empieza toda historia humana.
Por este primer ser humano, escribe Pablo, el tiro errado entró en el mundo, y con él todo lo que de él se sigue (5,12). Señala un acontecimiento real: algo que le ocurrió a la humanidad cuando llegó al lenguaje. Con el lenguaje vino la capacidad de nombrar una meta, de apuntar a ella y de decirla en voz alta, y con la meta vino la posibilidad de errarla. Desde entonces todo ser humano nace en un mundo donde la gente apunta y yerra. Pablo nombra el primer eslabón de una cadena que llega hasta sus lectores.
Lee la escena del jardín como una secuencia, como se lee la primera escena de una obra cuando la obra ya ha terminado. Vista desde el final, la apertura ya no es un relato antiguo sino el primer movimiento de una historia que sigue en curso. Cada escena posterior repite algo de ella, en un escenario nuevo y con personas nuevas, como un patrón familiar vuelve en cada generación. Por eso Pablo puede pasar del jardín a sus propios lectores sin ruptura. Para él están en la misma historia, solo que más adelante.
Luego añade un paso que el Génesis deja sin decir. Entre Adán y Moisés, por medio del cual se dio la vara de medir, dice, el tiro errado ya estaba allí, pero no se medía ni se juzgaba, porque no había nada con qué medirlo (5,13–14). La gente vivía a distancia de aquello para lo que había sido hecha, sin un nombre para esa distancia. Un niño al que nunca se ha calificado puede ir muy atrasado o muy adelantado, y nadie, y menos que nadie el propio niño, puede saberlo. El tiro errado existe antes de la medida, pero sin una medida todavía no puede verse.
Con este paso Pablo coloca toda la historia humana sobre una sola línea, desde un comienzo errado hasta un final que aún ha de llegar. Si la línea es una trama, tiene que sostenerse en la carta de tres maneras: la medida debe llegar después del tiro errado, no antes; el giro debe venir de otro lugar que un mejor rendimiento; y el final debe reunir a todos los pueblos. La lectura cae si la carta atribuye el giro a esforzarse más, o si algún pueblo queda fuera de la historia para siempre. Estas condiciones se escriben ahora, antes de leer los capítulos 7–11. El siguiente punto de la línea es el momento en que la vida buena se pone por escrito como reglas, y con ello llega la primera señal de que algo ha ido mal.
Acto II — La medida
3. La medida
Pensemos en una corredora que corre porque correr es bueno: el cuerpo se mueve, la respiración se asienta y el paisaje cambia. Para ella lo que cuenta es el correr mismo, no lo que nadie diga de él, y lo mismo vale para todo lo que merece la pena buscar: aprender una lengua, una amistad o un buen trabajo. Tarde o temprano el correr recibe una medida, un reloj que da al rendimiento un número, como la escuela da una nota y el trabajo una puntuación. El reloj muestra a qué distancia está de su meta. Al principio esto ayuda, porque ahora puede ver su progreso y entrenar, semana a semana, para acortar la distancia.
Pero en cuanto llega el reloj, algo empieza a cambiar sin que se note: ya no corre por un sendero del bosque sino contra los segundos. El cuerpo, la respiración y el paisaje, todo aquello por lo que empezó a correr, se le escapan de la vista. Cuanto más mira el número, más se aleja del correr mismo, y los números siguen mejorando mientras tanto, por eso es tan difícil darse cuenta. Nadie lo pretende, ni la corredora ni quien le dio el reloj. Lo que crece es la otra distancia, entre la corredora y lo que de verdad quería, y esa no la mide ningún reloj.
Pablo vio el mismo orden en la historia humana. A su pueblo se le dio, por medio de Moisés, el nomos, una medida que muestra dónde está la vida, como un reloj muestra a la corredora su rendimiento, para que pueda mejorarlo. Pero en la medición ocurre algo que ninguno de los dos hace: cuando el correr se convierte en un número, los ojos de la corredora pasan del correr al número, y cada medición muestra una nueva manera de quedarse corto (5,20). Parece un fallo de quien dio la medida, pero Pablo dice que era su propósito. La distancia no la produce ni el reloj ni la corredora, sino un mecanismo, y solo lo que se ha hecho visible puede un día ser reconocido.
Luego Pablo cuenta lo mismo desde dentro de una sola persona, y el orden es el mismo que en toda infancia. Primero hay una vida sin medida, en la que una persona simplemente desea y vive (7,9). Después llega un mandato que nombra una cosa que no debe desear, y el nombrarla dirige la atención justo hacia ella, como «no mires en el armario» convierte el armario en el lugar más interesante de la casa. Sin embargo, Pablo no hace agente ni a la persona ni al mandato, sino a la hamartia: el tiro errado aprovechó la ocasión a través del mandato (7,8). El mandato es santo (7,12), la persona quiere el bien, y aun así la distancia crece, porque es el propio tiro errado quien lo hace.
Este es el movimiento que sigue todo el ensayo, y tiene tres pasos: se da una meta, se crea una medida para ayudar a alcanzarla, y poco a poco la medida ocupa el lugar de la meta. El agente no es ni la persona ni la ley, sino el tiro errado, el mecanismo que el Génesis describe como la entrada en el lenguaje. Una persona participa en el movimiento sin dirigirlo, y por eso este libro lo llama el deslizamiento, un movimiento en el que nadie tiene la culpa. Los más fuertes son los que quedan atrapados más hondo, porque son los mejores cumpliendo medidas. El movimiento empieza en toda vida en la que una meta recibe una medida, y nada en su comienzo dice adónde lleva.
4. El grito y el giro
La mayoría conoce a alguien como Robin: la primera en llegar a la oficina, la última en irse, y sin fallar nunca un objetivo. Aceptó el trabajo porque quería hacer un buen trabajo, del que pudiera sentirse orgullosa en el camino de vuelta a casa. La empresa dio a ese deseo una medida, objetivos mensuales, para que el progreso pudiera verse. Al principio los objetivos ayudaban, porque mostraban hacia dónde ir. Pero mes a mes miraba más los números y menos a las personas para las que era el trabajo, y a medida que los números subían el trabajo mismo se alejaba.
Pablo describe a una persona así desde dentro, como si hubiera ocupado el mismo escritorio durante años. Quiere lo que es bueno y lo ve, pero no puede alcanzarlo. Lo que no quiere es lo que sigue haciendo: quedarse más tarde, revisar otra vez, prometer más (7,18–19). Cuanto más se esfuerza, más se aleja del trabajo que amaba y de las personas a las que debía ayudar. Al final esa distancia es lo único que puede ver, y cada nuevo esfuerzo solo la muestra con más claridad (7,13).
Una mañana Robin está sentada en el coche frente a la oficina y no puede entrar. El bolso está en el asiento de al lado, el teléfono ya está lleno de mensajes, y su mano no se mueve hacia la puerta. El grito de Pablo, el mismo que al comienzo del libro, es ahora el suyo: ¿quién me librará de este cuerpo de muerte (7,24)? En el lenguaje del teclado la pregunta es: ¿dónde está Escape, cómo salgo de este programa? Esforzarse más no servirá, porque esforzarse más es justo lo que la ha traído a este aparcamiento, aunque este año cumplió todos los objetivos.
El giro no viene de nada que Robin decida, sino de que el movimiento se detiene. Todavía no ve lo que ha pasado; solo sabe que no puede entrar. Pablo sí lo ve, porque escribe después de su propio giro: el ascenso, los objetivos, las noches largas y el aparcamiento no son mala suerte sino una historia. Su frase siguiente dice qué hay al otro lado de esa parada: ya no hay veredicto contra los que están en Christō (8,1), una posición en la que una persona no se apoya en sus propias medidas sino en la historia. Robin lo reconoce solo más tarde, pero el giro ya se ha producido.
Pablo explica por qué esforzarse más no podía funcionar: una vara de medir solo actúa a través de la persona a la que debe mejorar, y esa misma persona se estaba desgastando (8,3). Para Pablo la causa del giro es Cristo; este libro solo sigue el movimiento del giro sin tomar posición sobre su causa. Lo logrado no cambia; lo que cambia es dónde está una persona. El giro tiene un coste, los años de noches largas, y sin embargo quien ha soltado una meta que lo estaba desgastando conoce el alivio que llega con esa pérdida. Lo mismo vale para la humanidad: quien ve los pasos que la trajeron hasta aquí ve dónde se encuentra en la historia.
5. Celo sin reconocimiento
Después del giro empieza el dolor de Pablo, y ya no tiene que ver consigo mismo. Escribe de una honda tristeza por su propio pueblo, Israel (9,1–5). A ellos se les habían dado promesas, un acuerdo vinculante y una vara de medir con la que vivir. La historia que acaba de contar de una persona la ve ahora en la historia de todo un pueblo, extendida a lo largo de muchas generaciones. Lo que ocurrió en el escritorio y en el coche ocurre aquí a lo largo de siglos, con la lentitud suficiente para que ninguna generación pudiera verlo entero.
En su historia el orden es claro: el pueblo fue liberado y elegido primero, y solo después recibió reglas para vivir dentro de un vínculo que ya existía. Una familia tiene sus reglas solo porque ya es una familia. A un niño se le quiere antes de que llegue el primer boletín de notas, y el boletín debe ayudarle a crecer dentro de ese amor, no a comprarlo. Pero poco a poco el niño empieza a intentar ganarse con notas lo que ya era suyo. Cada buena nota empieza a sentirse como prueba de amor, y cada mala como su pérdida.
Pablo ve el mismo deslizamiento en la historia de su pueblo: empezaron a asegurar el vínculo vigilando la medida, como si la relación pudiera mantenerse viva cumpliendo las reglas (9,31–32). Lo ve primero en ellos solo porque fueron los primeros en recibir una vara de medir escrita. Tienen un celo con todas sus fuerzas, dice, pero a su celo le falta reconocimiento, porque no ven dónde están (10,2). Su palabra para lo que falta es la palabra corriente para reconocer a alguien al encontrarlo de nuevo. Es el instante en que un rostro entre la multitud resulta ser un amigo al que conoces desde hace años.
Su celo es real, y no es necio. Simplemente apunta a la medida en lugar de al vínculo al que la medida debía servir, como unos ojos fijos en un mapa mientras el paisaje pasa de largo. Cuanto más se esfuerza, más los aleja de ese vínculo, igual que el esfuerzo de Robin la alejó del trabajo. Pablo lo sabe desde dentro, porque él mismo compartió ese celo. No escribe como un juez que mira a su pueblo desde arriba, sino como uno de ellos al que acaban de detener en el mismo camino.
Luego dice a qué había estado apuntando la vara de medir desde siempre: al giro que describió el capítulo anterior, un lugar dentro de la historia donde el vínculo ya no necesita ser asegurado por la medida (10,4). Una vara de medir siempre apuntaba más allá de sí misma, como un poste indicador que solo es útil hasta que el viajero llega. Un pueblo que sostuvo el poste fielmente, generación tras generación, vio aparecer la ciudad y no pudo soltar el poste. Este es el sufrimiento de la historia, el sufrimiento de la fidelidad y no del fracaso. No pertenece a ningún pueblo en particular, porque le sucede a cualquiera que guarda la medida mejor de lo que ve hacia dónde apunta.
Acto III — Los pueblos
6. El mismo movimiento en los pueblos
En el mismo pasaje Pablo dice algo más: los otros pueblos encontraron el giro, aunque nunca tuvieron una medida con la que perseguirlo (9,30). De aquí podría sacarse una conclusión dura: el pueblo que tuvo primero el vínculo se quedó atrás, y los otros lo adelantaron. Pablo plantea él mismo esa conclusión como pregunta, si su pueblo ha sido entonces apartado, y responde que no, puesto que él mismo pertenece a él (11,1). Si su pueblo hubiera quedado atrás, la historia se rompería por la mitad, y la línea del primer ser humano al último tendría un hueco. Así que busca el lugar del tropiezo dentro de la historia.
El tropiezo, escribe, no es una caída (11,11). Por él se abrió el camino a los otros pueblos, como una calle cortada por obras en un punto desvía el tráfico por barrios a los que antes nunca llegaba. El mismo acontecimiento se lee como derrota desde un lado y como liberación desde el otro. El pueblo que tropezó no salió de la historia; su tropiezo cambió su dirección. El tropiezo es la bisagra de una puerta: en ese punto la historia gira hacia todos los pueblos.
Pero el camino que se abrió a los pueblos no los lleva más allá del deslizamiento. El deslizamiento no pertenece a ningún pueblo en particular; es un movimiento que empieza siempre que una meta recibe una medida, y en los capítulos 3 y 4 les ocurrió a quien aprende, al niño y a Robin. Pablo dijo lo mismo al comienzo de la carta: todos, su propio pueblo y los demás pueblos por igual, han errado el blanco (3,9; 3,23). Por eso advierte a los pueblos que no se enorgullezcan, como ramas nuevas injertadas en un árbol viejo (11,17–21). No describe un peligro que podría hacerse realidad, sino un movimiento que tiene que repetirse.
Pablo no ve qué forma tomará la repetición, pero la historia la muestra. Los pueblos recibieron una medida propia: las escrituras y la iglesia, que les decían qué exige el vínculo y quién pertenece a él. Al principio la medida ayudó, pero luego los ojos pasaron a lo que podía comprobarse: la doctrina correcta, las palabras correctas y la pertenencia correcta. El vínculo hace especial a quien vive en él frente a los demás, y poco a poco muchas naciones empezaron a considerarse justamente así. La carga había pasado: los pueblos empezaron a llevar la misma condición de especiales que había sido la suerte de Israel.
Ahora Pablo dice lo que había estado oculto y ahora se muestra. Una parte de su pueblo ha quedado incapaz de ver hasta que haya entrado el número completo de los otros pueblos, y de este modo todo Israel volverá a su lugar (11,25–26). La palabra «hasta» pone un límite a la fase de los pueblos: tiene un comienzo y un final, y después llega un giro, como le llegó a Israel. Ambos recorren el mismo movimiento en tiempos distintos, y ninguno adelanta al otro. Una trama que parecía rota resulta haber sido un solo movimiento desde siempre.
7. Todos en el mismo tiro errado
Al comienzo está el primer ser humano, por el que el tiro errado entró en toda la humanidad mucho antes de que nadie lo midiera (5,12–14). Luego la vida buena se puso por escrito como reglas para un pueblo, y en su historia el deslizamiento se hizo visible (5,20; 9,31–32). Después la medida, y con ella la carga, pasó a los pueblos, hasta que su fase esté completa e Israel vuelva a su lugar (11,25–26). Pablo escribe al comienzo de la tercera fase, pero como cada paso se sigue del anterior, no solo después de él sino a causa de él, puede ver por dónde continúa la línea. Su último punto concierne a todos a la vez.
Pablo lo dice en una sola frase: Dios ha encerrado a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos (11,32). La palabra aquí no es hamartia sino apeitheia, un no escuchar, pero el movimiento es el mismo: nadie está fuera de aquello de lo que todos son sacados. Ningún pueblo queda como el culpable, ni el pueblo que tuvo primero la medida ni los pueblos que la recibieron después, porque la trama concierne a todos (10,12). La medida que separaba a los pueblos resulta ser lo que los une: cada uno ha recorrido con ella el mismo movimiento. Cuando todos están en el mismo tiro errado, nadie necesita ya asegurarse un lugar por encima de los demás.
Pablo tiene un nombre para este punto final, y llega en las últimas líneas de la carta: el desvelamiento (16,25–26). Lo que estuvo oculto durante largos siglos se muestra ahora a todos los pueblos. Es el momento en que la humanidad ve dónde se encuentra en su propia historia, como lo ve una persona cuando su propia vida empieza a leerse como una historia. El comienzo y el final de la carta están ahora ambos a la vista: el primer ser humano, que erró el blanco sin verlo, y la humanidad, que por fin ve. Pablo puede ver ambos extremos porque ha atravesado él mismo el movimiento y sabe adónde lleva.
Al comienzo de este ensayo la pregunta era si el reconocimiento de Pablo muestra de verdad ambos extremos. Los muestra como un solo movimiento: el tiro errado que llegó con el lenguaje se hace visible al final, y las mismas personas están en ambos. Lo mismo le ocurre a cualquiera cuya vida empieza de pronto a leerse como una historia, a cualquier edad. Los recuerdos dispersos forman una secuencia, y el camino por delante muestra hacia dónde se dirigía. Los hechos no han cambiado; ahora se ve en qué punto de la propia historia se está.
El movimiento se ha visto ya entero: una meta recibe una medida, la medida ocupa el lugar de la meta, y cuando la medida pasa a otros, el movimiento pasa con ella. Se repite en una persona, en un pueblo y en la historia de los pueblos, y ningún esfuerzo lo detiene, porque el esfuerzo pertenece al movimiento. Solo termina cuando la medida y la meta se separan, y eso ocurre allí donde puede verse el recorrido entero. Pablo termina aquí su argumento, maravillado ante una historia demasiado grande para que nadie la dirija (11,33). Lo que él ve en el lenguaje de la historia, el último libro de la Biblia lo muestra en imágenes, y el próximo ensayo lo lee.
Disposición · nota de trabajo
Un puente que ve el comienzo y el final. 7 capítulos, 2 + 3 + 2, cada uno de 5 párrafos × 5 frases. Marco: el arco de la vida de la infancia a la edad adulta, el mismo en todos los ensayos.
Acto I — La carta en el centro
La carta en el centro
- Marco: el instante en que la propia vida empieza a leerse como una historia.
- Antes: recuerdos y planes sin trama; después: hechos uno a causa del otro.
- Carta hacia el año 57 a Roma; lectores, Israel y los demás pueblos.
- La carta empieza con el primer ser humano y termina con el desvelamiento (16,25–26).
- Los tres textos del libro; pregunta: ¿muestra el reconocimiento de Pablo ambos extremos?
Adán
- Adán = «ser humano»: la llegada al lenguaje como especie y en cada niño (ensayo 3).
- El tiro errado entró en el mundo por el primer ser humano (5,12): un acontecimiento real, no una metáfora.
- El jardín como secuencia: la primera escena de una obra, cuando la obra ha terminado.
- De Adán a Moisés: tiro errado sin medida; el niño antes de las notas (5,13–14).
- Toda la historia sobre una línea; siguiente punto: la vida buena se escribe como reglas.
Acto II — La medida
La medida
- La meta recibe una medida: nota, puntos, «me gusta»; al principio ayuda.
- La mirada se desplaza entre dos números; la persona se aleja de la cosa misma.
- La humanidad: reglas por medio de Moisés, la distancia crece, a propósito, para que se haga visible (5,20).
- El individuo desde dentro: la regla nombra lo prohibido, el armario, lo nombrado atrae (7,7–10).
- El deslizamiento: tres pasos, nadie es culpable; un joven sentado en lo alto del tobogán.
El grito y el giro
- La empleada y la medida: la mirada pasa a los números, el trabajo se aleja.
- Pablo desde dentro: quiere el bien y no lo alcanza; la distancia crece hasta ser lo único que ve (7,13–19).
- El grito en el coche: quién me sacará de una vida que me consume (7,24).
- Dos lugares y un camino = una historia; los números ya no tienen poder para juzgar su vida (8,1).
- Por qué esforzarse no podía ayudar (8,3); el precio, el alivio; lo mismo a escala de la humanidad.
Celo sin reconocimiento
- El dolor de Pablo por su propio pueblo (9,1–5).
- Primero la relación, después las reglas; la familia; al niño se le quiere antes del boletín de notas.
- El deslizamiento se ve primero en Israel porque recibió primero una medida escrita (9,31–32); falta el reconocimiento (10,2).
- La entrega es real; Pablo es uno de ellos, detenido en el mismo camino.
- El poste indicador (10,4): el sufrimiento de la fidelidad, que pertenece a todos.
Acto III — Los pueblos
El mismo movimiento en los pueblos
- Observación (9,30) y conclusión: ¿se quedó atrás el pueblo? Pablo pertenece a él (11,1).
- El tropiezo no es una caída (11,11): el camino se abre a los pueblos; la bisagra.
- Necesidad: el deslizamiento no pertenece a un solo pueblo (mecanismo, 3,9; 3,23); advertencia a las ramas (11,17–21).
- La historia: los pueblos reciben una medida, las escrituras y la iglesia; la mirada pasa a la doctrina y la pertenencia.
- «Hasta» (11,25–26): dos caminantes, el mismo movimiento, ninguno adelanta al otro.
Todos en el mismo tiro errado
- La línea reunida: el primer ser humano (5,12–14) → la medida para un pueblo (5,20; 9,31–32) → la medida y la carga para los pueblos (11,11; 11,25).
- «Hasta»: Israel vuelve, nadie lleva la carga solo (11,25–26); todos en el mismo tiro errado (11,32); no hay diferencia (10,12).
- El nombre del punto final: el desvelamiento (16,25–26), la humanidad ve dónde está; por eso Pablo ve ambos extremos.
- Respuesta a la pregunta del ensayo; el marco se cierra: la vida se lee como historia, a cualquier edad.
- El mecanismo entero: la medida pasa, el movimiento pasa; termina cuando la medida y la meta se separan; 11,33; puente al Apocalipsis. Sin fanfarria.
- Los nueve párrafos del borrador de la tarde se reparten como material entre los capítulos de esta estructura. El capítulo 4 se reescribe como capítulo propio.
- Orden de escritura: 4 → 5 y 3 → 6 y 2 → 7 y 1.
- Los siete ensayos se hacen con el mismo modelo. En el sitio web cada ensayo recibe actos (Acto I–III) y capítulos 1–7.
- Ejemplo de apertura resuelto: la juventud dentro del arco de la vida.
Borrador anterior, 27 oct. (material)
La carta de Pablo a los Romanos mira hacia atrás antes de mirar hacia dentro. En su quinto capítulo vuelve al jardín y nombra el momento en que empezó la trama: por un solo ser humano la hamartia entró en el mundo, y por la hamartia la muerte (5,12). No vuelve a contar la historia, porque sus lectores conocen el Génesis. En su lugar la lee como una secuencia, como se lee el primer acto de una obra desde el último. Adán no es en esta lectura un caso entre muchos; es el punto en que toda la historia humana emprende su curso.
Luego Pablo añade un paso que el Génesis no explicita. Entre Adán y Moisés, escribe, la hamartia ya estaba en el mundo, pero no se contaba, porque no había nada con qué contrastarla (5,13–14). Con Moisés llega el nomos, la ley, y con la ley llega una medida. Lo que Pablo afirma sobre lo que hace la medida es preciso e incómodo: el nomos intervino para que el paso en falso abundara (5,20). La medida se dio por causa de la meta, y su primer efecto es hacer visible, y mayor, la distancia respecto de la meta.
Esta es la complicación de la trama, enunciada con la propia gramática de Pablo. Se da una meta, se crea una medida para asegurarla, y la medida empieza a ocupar el lugar de la meta. Todo esfuerzo por guardar la medida es sincero, y todo esfuerzo hace crecer el tiro errado, porque quien la guarda apunta ahora a la medida y ya no a la meta. Nada de esto es una lección moral sobre personas débiles. Es el mecanismo del primer capítulo, la corrección que cae al lado del blanco, puesto por escrito casi dos mil años antes.
En el séptimo capítulo se cuenta de nuevo la misma trama, esta vez desde dentro. Quien habla es un «yo», y el «yo» recuerda un tiempo anterior al mandamiento: yo vivía antes sin la ley, pero cuando vino el mandamiento, la hamartia revivió, y yo morí (7,9). La secuencia sigue al Génesis paso a paso: una vida sin medida, una palabra que prohíbe, un deseo despertado por la palabra, y la muerte. Los lectores llevan mucho tiempo discutiendo si el «yo» es Pablo, Adán o Israel. Dentro de las condiciones de este libro la respuesta es más sencilla: es la posición de cualquiera que ha entrado en el lenguaje y ha recibido una meta.
Desde esa posición la medida parece buena, y Pablo insiste en que es buena. El mandamiento estaba destinado a la vida, y resultó traer la muerte (7,10), porque la hamartia tomó el mandamiento y lo usó. El «yo» quiere el bien y no lo hace, y hace lo que no quiere (7,15; 7,19). Cada intento de acortar la distancia la ensancha, hasta que el tiro errado se muestra como lo que es, más allá de toda medida (7,13). Entonces llega el grito: ¡desdichado de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte (7,24)?
El giro llega en la frase siguiente, y llega sin ningún esfuerzo nuevo. Ahora, pues, no hay veredicto contra los que están en Cristo (8,1). Lo que la ley no podía hacer, porque tenía que actuar a través de la misma carne que debía corregir, se ha hecho desde fuera del círculo de la medición (8,3). El «yo» no ha triunfado al fin; ha sido trasladado a otra posición, desde la que la medida y la meta pueden distinguirse. Esto es la peripecia en el sentido de Aristóteles, una inversión que nace dentro de la trama y cambia su dirección, con el reconocimiento muy cerca detrás.
Después del giro empieza el dolor de Pablo, y ya no tiene que ver consigo mismo. En el capítulo 9 escribe de una gran tristeza por su propio pueblo, Israel, al que pertenecen las alianzas, la promulgación de la ley y las promesas (9,1–5). La trama que acaba de contar del «yo» la ve ahora en la historia de un pueblo. Israel persiguió la ley de la justicia y no la alcanzó, porque la persiguió como si la meta pudiera asegurarse por las obras (9,31–32). La propia expresión de Pablo es exacta: tienen celo por Dios, pero no según el reconocimiento, epignōsis (10:2).
En el capítulo siguiente Pablo nombra la meta. El telos de la ley, a la vez su meta y su fin, es Cristo (10,4). La medida apuntaba siempre más allá de sí misma, y un pueblo que la sostuvo fielmente vio pasar de largo la meta a la que apuntaba. Aquí Pablo plantea la pregunta que exigen las condiciones de este libro, si Dios ha rechazado a su pueblo, y responde enseguida: de ningún modo, pues yo mismo soy israelita (11,1). Pablo no ha cambiado de religión; habla como uno del pueblo cuya historia está contando.
Luego la trama se vuelve hacia fuera. El tropiezo de Israel, escribe Pablo, no es una caída: por su paso en falso se abre el camino a las naciones (11,11). Un endurecimiento ha venido sobre una parte de Israel hasta que entre la plenitud de las naciones, y de este modo todo Israel volverá a su lugar (11,25–26). La última frase del argumento abarca a todos: todos han sido encerrados juntos en el mismo tiro errado, para que todos puedan ser sacados de él (11,32). La mirada de Pablo ha pasado del jardín al final de la historia, y lo que ve allí en el lenguaje de la historia, el Apocalipsis lo muestra en imágenes.
Material de trabajo: El mismo pasaje (Romanos 7) · La misma caída (Romanos 9–11) · disposición del séptimo ensayo
- Los números de versículo son puntos de control: cada frase describe el movimiento del pasaje y puede comprobarse en el versículo indicado. Los términos de Pablo se traducen por lo que hacen en el movimiento: nomos como la vara de medir o la medida; el grito de 7,24 como un modo de vivir que desgasta aquello que persigue, no como muerte física; en Christō («en el ungido») como una ubicación dentro de la historia; epignōsis (10,2) como reconocimiento; telos (10,4) como meta y fin.
- Romanos 5,12–14; 5,20 (5,20 cotejado con la ESV). — 5,12–14 por verificar
- Romanos 7,7–10; 7,13; 7,18–19; 7,24. — por verificar
- Romanos 8,1; 8,3 (8,3 cotejado con la ESV). — 8,1 por verificar
- Romanos 9,1–5; 9,31–32; 10,2; 10,4. — por verificar
- Romanos 3,9; 3,23; 9,30; 11,1; 11,11; 11,17–21; 11,25–26; 11,32; 11,33. — por verificar
- Fecha de la carta, hacia el año 57. — por verificar
- Orden de relación y reglas: Éxodo 20,2 precede a los mandamientos; sobre guardar las reglas como permanecer dentro de un vínculo existente y no como ganarse la entrada, véase E. P. Sanders, Paul and Palestinian Judaism (1977), «nomismo de la alianza» (covenantal nomism). — por verificar
- Romanos 16,25–26: la carta termina con el desvelamiento (apokalypsis) de lo que estuvo oculto durante largos siglos, ahora mostrado a todos los pueblos. — por verificar
- La figura del corredor es la imagen que Pablo usa para sí mismo (1 Cor 9,24–26; Flp 3,14, kata skopon, hacia la meta), y en Romanos la usa para Israel, que persiguió la medida y no la alcanzó (9,16; 9,30–32). En 7,8 el sujeto de la frase es la hamartia: el tiro errado aprovechó la ocasión a través del mandato; el mandato mismo es santo (7,12). — por verificar